I. La Revelación de la
TrinidaD.
1. Un “Dios-Papá”.
1. “Abbá”.
Jesús
–el Hijo de Dios que vino al mundo– nos trajo una palabra nueva e inaudita para
invocar a Dios: la palabra “Abbá”, es decir, “Papá”.
En el idioma arameo que Jesús hablaba, la
palabra “Abbá” tenía su origen en el lenguaje de los niños más pequeños.
Los primeros balbuceos de un niño eran “abbá” e “immá”, es decir,
“papá” y “mamá”.
Este
modo de invocar a Dios no se encuentra en ninguna parte antes de la llegada de
Jesús. Ni siquiera se encuentra en el Antiguo Testamento, en el cual Dios
comienza a revelarse a la humanidad. Porque para la religiosidad judía era una
falta de respeto inaceptable dirigirse a Dios con una palabra tan sencilla e
infantil (De hecho, llamar a Dios como “Padre” en el Antiguo Testamento sucede
sólo 9 veces... y es con la palabra más formal: “Padre”).[1]
Por eso, usar la palabra “Abbá” para invocar y designar a Dios, es una
novedad absoluta que nos trajo el Hijo de Dios. Profundicemos, entonces, un
poco más en lo que esta palabra significa.
2. El Papá y su Hijo.
En primer lugar, este modo de dirigirse a Dios como “Abbá”,
nos revela la relación única que Jesús mismo tiene con su Padre:
“Jesús dijo: «Te alabo,
Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los
sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque
así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce
bien al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce bien al Padre sino el Hijo y
aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Vengan a mí todos los
que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi
yugo y aprendan de mí, porque soy manso y humilde de corazón, y así encontrarán
alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana».” (Mt 11, 25-30).[2]
Jesús tiene el conocimiento pleno
del Padre y nos lo revela a nosotros... si somos “pequeños”. Y, porque Jesús es
el Hijo, puede también
prometernos una alegría profunda que nos permita superar nuestros
dolores y fatigas... si lo imitamos a Él, que es “humilde de corazón” como un
niño.
Esta
palabra “Abbá” nos muestra, también, que Jesús se dirige al Padre con la
confianza, ternura e intimidad que un niño pequeño tiene con su papá.
Y, en
la hora más difícil de la vida de Jesús, la invocación “Abbá” también
significa la entrega total y amorosa del Hijo en los brazos de su Padre,
aceptando el dolor de la Cruz para la salvación de los hombres:
“Llegaron a una
propiedad llamada Getsemaní, y Jesús dijo a sus discípulos: «Quédense aquí,
mientras yo voy a orar». Después llevó con él
a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir temor y a angustiarse. Entonces
les dijo: «Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí velando». Y
adelantándose un poco, se postró en tierra y rogaba que, de ser posible, no
tuviera que pasar por esa hora. Y decía: «Abbá –Padre– todo te es posible:
aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya».” (Mc 14, 32-36).
“Era alrededor del
mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres
de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio. Jesús, con un fuerte
grito, exclamó: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y diciendo
esto, expiró.” (Lc 23,
44-46).
Y el
Padre recoge amorosamente esta oración de su Hijo y le responde con la
Resurrección:
“Nosotros les anunciamos
a ustedes esta Buena Noticia: la promesa que Dios hizo a nuestros padres, fue
cumplida... resucitando a Jesús, como está escrito en el Salmo segundo: Tú
eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy.” (Hch 13, 32-33).
3. El Papá, el Hijo y nosotros.
Jesús nos comunica su modo de
relacionarse con su Padre. Cuando
Jesús nos enseña el “Padre nuestro” como oración confiada de los hijos, nos
permite algo inaudito: que los seres humanos, simples creaturas de Dios,
podamos dirigirnos al Padre con la misma familiaridad e intimidad que tiene el
Hijo.
Y, al llegar su Pascua, el Hijo nos hace
también a nosotros “hijos de Dios” por medio de la Nueva Alianza. Por eso, Jesús
–ya resucitado– nos llama “hermanos” suyos por primera vez cuando:
Jesús le dijo [a María
Magdalena]: «...Ve a decir a mis hermanos: «Subo a mi Padre, el Padre
de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes». (Jn 20,17; ver también Mt 28,10).
San
Pablo es testigo de esta novedad increíble de la Nueva Alianza, donde la
experiencia de ser hijos de Dios es una gracia del Espíritu Santo que ha sido
derramado en nuestros corazones:
“Y ustedes no han
recibido un espíritu de esclavos para volver a caer en el temor, sino el
espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios “¡Abbá!”, es decir
“¡Padre!”. El mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de
que somos hijos de Dios. Y, si somos hijos, también somos herederos, herederos
de Dios y coherederos de Cristo, porque sufrimos con él para ser glorificados
con Él.” (Rom 8, 15-17;
ver Gal 4, 4-7).
4. Tener un “Dios-Papá” nos cambia la vida.
Jesús nos revela que Dios es nuestro Papá
y, por medio de su Cruz y su Resurrección, nos hace hijos de Dios, también a
nosotros. Si aceptamos la palabra del Hijo de Dios y nos abrimos al Espíritu
Santo que Él derrama sobre nosotros, nuestra vida cambia totalmente.
1.
El perdón de Dios nos hace humildes y agradecidos. Saber que tenemos un
“Dios-Papá” que nos recibe con amor cuando volvemos a Él, nos da confianza para
ir a su encuentro a pesar de nuestros pecados:
“Jesús dijo también: «Un
hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la
parte de la herencia que me corresponde". Y el padre les repartió sus
bienes. Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a
un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa. Ya había
gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir
privaciones... Entonces recapacitó y dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi
padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!"...
Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos,
su padre lo vio y se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y
lo besó... El joven le dijo:
"Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo
tuyo". Pero el padre dijo a sus servidores: "Traigan enseguida la
mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los
pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque
mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue
encontrado". Y comenzó la fiesta...” (Lc 15, 11-24).
2.
La paz de Dios inunda nuestro corazón. Pues tener un “Dios-Papá” con llena
de confianza y de seguridad. Jesús nos enseña esta confianza:
“Pidan y se les dará;
busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe;
el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá. ¿Quién de ustedes,
cuando su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pez, le da una
serpiente? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos,
¡cuánto más el Padre celestial dará cosas buenas a aquellos que se las pidan!” (Mt 7, 7-10).
“No se inquieten por su
vida, pensando qué van a comer, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a
vestir. ¿No vale acaso más la vida que la comida y el cuerpo más que el
vestido? Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni
acumulan en graneros, y, sin embargo, el Padre que está en el cielo los
alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos?... No se inquieten entonces,
diciendo: « ¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?». Son los
paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo
sabe bien que ustedes las necesitan...” (Mt 6, 25-34).
3. La
fe nos hace sabios. Jesús
nos revela “cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo” (Mt
13,35). Los enigmas que siempre desvelaron la mente humana –¿Cómo es Dios? ¿Qué
es el hombre? ¿Qué sentido tiene la vida humana?– quedan iluminados
definitivamente ante la revelación que el Hijo de Dios nos trae: Dios es
nuestro Papá amoroso; el hombre es hijo de Dios; todos los hombres somos
hermanos; y la vida humana tiene un destino de comunión eterna de amor con Dios
y entre todos nosotros. Conocer todas estas cosas que el Hijo nos revela, nos
da una “sabiduría que viene de lo alto” (Sant 3,17), que hace cambiar
completamente nuestra visión del mundo:
“Mi deseo es que se sientan animados y que, unidos
estrechamente en el amor, adquieran la
plenitud de la inteligencia en toda su riqueza. Así conocerán el misterio
de Dios, que es Cristo, en quien están
ocultos todos los tesoros de la
sabiduría y del conocimiento.” (Col 2, 2-3).
4. La
esperanza nos hace fuertes. Saber que Dios es nuestro Papá nos da una fortaleza sobrenatural, que
nos permite soportar las pruebas de esta vida e, incluso, nos hace superar el
temor a la muerte. Porque, con la esperanza cierta de la vida eterna que Jesús
nos trajo, ha podido “liberar de este modo a todos los que vivían
completamente esclavizados por el temor de la muerte” (Hb 2,15). Y, por
eso, “esta esperanza que nosotros
tenemos, es como un ancla del alma, sólida y firme, que penetra hasta la
presencia de Dios” (Hb 6, 19).
Por todo
esto, los mártires cristianos morían y mueren con la serena esperanza del
inmediato encuentro con Dios, más allá de este mundo. Jesús nos dice:
“Todo el que escucha
estas palabras mías y las pone en práctica, puede compararse a un hombre
sensato que edificó su casa sobre roca. Cayeron las lluvias, se precipitaron
los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero esta no se
derrumbó porque estaba construida sobre roca.” (Mt 7, 24-25).
“A ustedes, mis amigos, les digo: No teman a los que matan el cuerpo y después no pueden hacer nada
más... ¿No se venden acaso cinco pájaros por dos monedas? Sin embargo, Dios no
olvida a ninguno de ellos. Ustedes tienen contados todos sus cabellos: no teman, porque valen más que muchos
pájaros.” (Lc 12,4-7).[3]
“No se inquieten. Crean en Dios y crean
también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones... Yo voy a
prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya reparado un lugar, volveré
otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también
ustedes.” (Jn 14, 1-3).
5. El
amor nos hace plenos. “El
amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que
nos ha sido dado” (Rom
5,5). Este amor de Dios nos transforma profundamente. Por eso “el que
vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser
nuevo se ha hecho presente. Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió
con él por intermedio de Cristo.” (2ª Cor 5, 17-18a).
A su vez, este amor incondicional y
universal que Dios tiene por todos nosotros –que somos sus hijos– se
transforma en modelo de nuestro propio amor fraterno. Por eso Jesús, el Hijo de
Dios, nos enseña –con su palabra y con su ejemplo– a amar a todos como
hermanos, incluso a aquellos que nos hagan daño.
“Cuando llegaron al
lugar llamado «del Cráneo», lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su
derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no
saben lo que hacen».”
(Lc 23, 33-34).
“Ustedes han oído que se
dijo: "Amarás a tu prójimo" y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo:
Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos
del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y
buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos. Si ustedes aman
solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los
publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de
extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos? Por lo tanto, sean perfectos
como es perfecto el Padre que está en el cielo.” (Mt 5, 43-48).
Y,
como hizo notar la mística contemporánea Adrienne Von Speyr, el “primer lugar”
donde cada uno “ama al prójimo como a sí mismo”, es en el seno de la misma
Trinidad Divina: “Donde el amor es
absoluto, allí se da también la realidad trinitaria: Dios ama a Dios; de hecho,
Dios tiene a Dios como a su prójimo...”.[4]
Porque en la Trinidad, cada Persona Divina –el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo– ama a cada Una de las Otras como a Sí Misma. Pero profundizaremos esto
más adelante...
2. Las palabras de Jesús lo manifiestan como el Hijo
de Dios.
1. Jesús perfecciona la Antigua Ley de Dios.
Cuando
una persona –hace 2000 años, en Medio Oriente– se encontraba con Jesús de
Nazareth, le parecía estar ante un hombre común, como cualquier otro hombre.
Pero esta primera impresión enseguida se disipaba. Pues tanto las palabras como
los gestos de Jesús lo mostraban no sólo como un ser sobrehumano, sino
directamente como una Persona Divina.
Jesús
enseñaba una doctrina nueva, con una autoridad y poder que dejaba atónitos
a sus oyentes (Mc 1, 22.27). ¿Quién podría retocar la ley divina, sino sólo
Dios? Y nosotros lo vemos a Jesús en la cumbre de la montaña, como Dios lo
había hecho en el Antiguo Testamento (Mt 5, 1-2; Éxodo 19,20 - 20,17)
promulgando la Ley Nueva, que corrige la Antigua Ley:
“Ustedes han oído que se
dijo a los antepasados: "No matarás", y el que mata, debe ser llevado
ante el tribunal. Pero Yo les digo que todo aquel que se irrita contra
su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquel que lo insulta,
merece ser castigado por el Sanedrín. Y el que lo maldice, merece la Gehena de
fuego.” (Mt 5, 21-22)
Ese “Yo” de Jesús que aparece en primer
plano en su enseñanza, jamás era usado por los rabinos de su época. El rabino,
aunque se dedicaba a enseñar, tenía clara conciencia de ser un mero discípulo
de la Palabra de Dios, a la cual no podía anteponerse, ni intentar retocarla.
Ese “Yo” de Jesús, comienza a revelarnos la hondura infinita de su Persona
Divina, presente en el mundo.[5]
Además, vemos que Jesús, al retocar la
Antigua Ley, no la deroga sino que la perfecciona. En la ética de la Ley Nueva
no basta con abstenerse de realizar actos de maldad, sino que Jesús apunta a
una rectificación total y profunda del corazón humano, para vivir los más altos
valores: fraternidad, pureza, fidelidad, veracidad, simplicidad, perdón, amor a
Dios y todo hombre.[6]
El hecho innegable de que este carpintero
de Nazareth mejore la Antigua Ley de Dios, de nuevo nos revela que la hondura
de su Persona desborda lo que parece ser a primera vista: un mero hombre más.
2. Jesús pronuncia palabras que un simple hombre no
podría pronunciar.
Muchas otras palabras de Jesús
manifiestan su “condición divina”
(Flp 2,6) y que “en Él habita
corporalmente toda la plenitud de la divinidad” (Col 2,9). Son palabras que
sólo una Persona Divina puede pronunciar:
– “El que ama a su padre o a su madre
más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a
mí, no es digno de mí.” (Mt 10,37).
– “Yo les digo: aquí hay alguien más
grande que el Templo... Aquí hay alguien que es más que Jonás... aquí hay
alguien que es más que Salomón.” (Mt 12, 6.41-42).
– “El que encuentre su vida, la perderá;
y el que pierda su vida por mí, la encontrará.” (Mt 10,39).
– “El que no está conmigo, está contra
mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.” (Mt 12, 30).
– “El cielo y la tierra pasarán, pero mis
palabras no pasarán.”
(Mt 24,35).
– “Vayan, y hagan que todos los
pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he
mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”. (Mt 28, 19-20).
3. Jesús puede decir estas palabras porque es el Hijo
de Dios.
Esta doctrina nueva, y esta autoridad
inaudita que Jesús ostenta surgen de su conciencia de ser el Hijo, y de tener un conocimiento pleno del Padre y de su
voluntad. Ya a los doce años, alcanzada su mínima madurez humana, Jesús se
manifiesta como el Hijo ante su
madre, María, y José. Jesús decide quedarse en Jerusalén y...
“Al tercer día, lo
hallaron en el Templo en medio de los doctores de la Ley, escuchándolos y
haciéndoles preguntas. Y todos los que los oían estaban asombrados de su
inteligencia y sus respuestas. Al ver, sus padres quedaron maravillados y su
madre le dijo: «Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Piensa que tu padre y yo
te buscábamos angustiados». Jesús les respondió: « ¿Por qué me buscaban? ¿No
sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?». Ellos no
entendieron lo que les decía. Él regresó con ellos a Nazareth, y vivía sujeto a
ellos. Su madre conservaba estas cosas en su corazón.” (Lc 2, 46-51).
Y, al final de su vida, en el último
diálogo que tiene con sus contemporáneos, Jesús los invita a dar un paso
inaudito de fe:
“Mientras los fariseos
estaban reunidos, Jesús les hizo esta pregunta: « ¿Qué piensan acerca del
Mesías? ¿De quién es hijo?». Ellos le respondieron: «De David». Jesús les dijo:
« ¿Por qué entonces, David, movido por el Espíritu, lo llama "Señor",
cuando dice:
"Dijo
el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha,
hasta
que ponga a tus enemigos debajo de tus pies"?
Si David lo llama
"Señor", ¿cómo puede ser hijo suyo?». Ninguno fue capaz de
responderle una sola palabra, y desde aquel día nadie se atrevió a hacerle más
preguntas.” (Mt 22,
41-46).
La respuesta correcta a la pregunta de
Jesús hubiera sido: “Es hijo –es decir, descendiente– de David por su condición
humana, pero es “Señor” de David por su condición divina: el Mesías es
verdadero Dios y verdadero hombre”.[7]
4. El Hijo “conoce al Padre” y es “Uno” con Él.
La relación profunda del Hijo con su
Padre implica un verdadero conocimiento. Por eso, se pueden recorrer todos los
documentos del Nuevo Testamento y jamás se encontrará el verbo “creer” teniendo
como sujeto a Jesús. Y esto es así porque Jesús no es un creyente, sino que es
el Hijo que conoce al Padre, y por eso lo puede revelar a la humanidad:
“En aquel momento Jesús
se estremeció de gozo, movido por el Espíritu Santo, y dijo: «Te alabo, Padre,
Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a
los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has
querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie sabe quién es el
Hijo, sino el Padre, como nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y
aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».” (Lc 10, 21-22)
Juan nos dice: “Nadie
ha visto jamás a Dios; quien lo ha contado es el Dios Hijo Único, que está en
el seno del Padre.” (Jn 1,18)
A tal punto llega esta comunión del Hijo
con su Padre, que Jesús pudo decir: “Yo y el Padre somos Uno” (Jn
10,30). Jesús no lo dice en el sentido de que sean una misma persona, sino en
el sentido de la comunión total que hay entre el Padre y el Hijo. El mismo
sentido tiene el siguiente diálogo, que tuvo lugar durante la Última Cena:
“Felipe le dijo: «Señor,
muéstranos al Padre y eso nos basta». Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo
que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha
visto al Padre. ¿Como dices: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy
en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son
mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras. Créanme: yo
estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras.”
(Jn 14, 8-11).
La sintonía que hay entre el Hijo y el
Padre es total. Por eso, conocerlo a Uno es conocerlo al Otro. Las palabras y
las obras de Jesús manifiestan esta comunión y revelan Quiénes son.[8]
3. Las obras de Jesús confirman que es el Hijo de
Dios.
En la meditación anterior hemos repasado
brevemente algunas palabras importantes de Jesús. A continuación, veremos algo
acerca de sus obras.
1. Jesús perdona los pecados.
Jesús
no sólo enseña una doctrina nueva –como vimos en la meditación anterior–, sino
que con sus milagros realiza actos propiamente divinos.
Jesús
perdona pecados, y ante este gesto suyo los teólogos judíos reaccionan con
vehemencia: “¿Qué está diciendo este hombre? ¡Está blasfemando! ¿Quién puede
perdonar los pecados, sino sólo Dios?” (Mc 2, 7). Y Jesús, para dar prueba
de su poder divino, realiza un milagro físico que autentifique el milagro
espiritual que es el perdón de los pecados:
“Jesús, advirtiendo
enseguida que pensaban así, les dijo: « ¿Qué están pensando? ¿Qué es más fácil,
decir al paralítico: "Tus pecados te son perdonados", o
"Levántate, toma tu camilla y camina"? Para que ustedes sepan que el
Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados –dijo al
paralítico– Yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vete a tu
casa». El se levantó enseguida, tomó su camilla y salió a la vista de todos. La
gente quedó asombrada y glorificaba a Dios, diciendo: «Nunca hemos visto nada
igual».” (Mc 2, 8-12).
Esa frase final que expresa la gente –«Nunca
hemos visto nada igual»– no se refiere, como suponemos a veces, a la
curación de la parálisis, sino al perdón de los pecados. En todo el Antiguo Testamento
no encontramos a nadie que reivindique tener el poder de perdonar pecados. Ni
los mayores hombres de la Antigua Alianza –Moisés, Elías, Isaías– pretendieron
jamás tener semejante poder divino. Es más: ellos no sólo no perdonaban
pecados, sino que pedían perdón a Dios por sus propios pecados. En cambio, el
sencillo carpintero de Nazareth, tiene ese poder, y lo demuestra con hechos
concretos.
Notemos también que la curación física
que Jesús realiza no está precedida de ninguna oración, sino que directamente
da una orden, y el milagro se realiza: “Yo te lo mando,
levántate...”. Ese “Yo” de Jesús que aparece en los milagros, ya lo
habíamos encontrado expresado en su enseñanza.
Y, en la eficacia absoluta que tiene su
palabra, encontramos los ecos de la primera página de la Biblia, donde se nos
muestra que Dios tiene una palabra tan poderosa, que produce lo que pronuncia: “Entonces
Dios dijo: «Que exista la luz». Y la luz existió.” (Gén 1,3). Jesús dice.
“Levántate y camina”... y el paralítico caminó.
2. Jesús resucita a los muertos, con su propio poder.
En el Antiguo Testamento encontramos que
dos grandes profetas realizan un gran milagro: tanto Elías como Eliseo han
hecho revivir a un muerto (1º Rey 17, 17-24; 2º Rey 4, 8-37). Pero el modo
de hacerlo es muy diferente al que muestra Jesús. Tanto Elías como Eliseo
oran a Dios, le ruegan, hacen una serie de ritos y postraciones hasta que,
finalmente, Dios escucha la oración de su profeta y la persona revive. En
cambio, Jesús realiza el milagro por su propia autoridad y poder:
“...Jesús... la tomó de
la mano [a la niña muerta] y le dijo: «Talitá kum», que significa: « ¡Niña, Yo te lo
ordeno, levántate». Enseguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y
comenzó a caminar.” (Mc 5, 40-42).
“...Jesús se dirigió a
una ciudad llamada Naím, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud.
Justamente cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, llevaban a enterrar al
hijo único de una mujer viuda, y mucha gente del lugar la acompañaba. Al verla,
el Señor se conmovió y le dijo: «No llores». Después se acercó y tocó el
féretro. Los que los llevaban se detuvieron y Jesús dijo: «Joven, yo te lo
ordeno, levántate». El muerto se incorporó y empezó a hablar. Y Jesús se lo
entregó a su madre.” (Lc
7, 11-15).
3. Jesús expulsa demonios, con su propia autoridad.
Otro milagro inédito que Jesús realiza
son las expulsiones de demonios. En todo el Antiguo Testamento no encontramos
ningún exorcismo. Es más, los mismísimos ángeles no actúan contra Satanás, sino
que ruegan a Dios, para que Dios lo reprima: “El ángel del Señor dijo al
Adversario: « ¡Que el Señor te reprima, Adversario! ¡Sí, que te reprima el
Señor..! » (Zacarías 3,2). En cambio, vemos a Jesús venciendo a los
espíritus del mal, con su propia autoridad y poder, sin invocar a nadie:
“Y había en la sinagoga un hombre poseído de
un espíritu impuro, que comenzó a gritar; « ¿Qué quieres de nosotros, Jesús
Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de
Dios». Pero Jesús lo increpó, diciendo: «Cállate y sal de este hombre».
El espíritu impuro lo sacudió violentamente, y dando un alarido, salió de ese
hombre. Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: « ¿Qué es
esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los
espíritus impuros, y estos le obedecen!». Y su fama se extendió rápidamente por
todas partes, en toda la región de Galilea.” (Mc 1, 23-28).
“En cuanto se fueron los
ciegos, le presentaron [a Jesús] un mudo que estaba endemoniado. El demonio fue
expulsado y el mudo comenzó a hablar. La multitud, admirada, comentaba: «Jamás
se vio nada igual en Israel». Pero los fariseos decían: «Él expulsa a los
demonios por obra del Príncipe de los demonios».” (Mt 9, 32-34)
La
acusación de los fariseos es muy sugestiva, pues manifiesta que ni siquiera los
mayores opositores de Jesús podían negar que Él realmente realizaba esas
obras. Todo lo que ellos podían hacer era malinterpretar el sentido de esas
obras evidentes. Pero Jesús, con la lógica más simple del mundo les muestra
que, si Él está destruyendo a las fuerzas del mal, es evidente que no está de
su mismo lado:
“Jesús, conociendo sus
pensamientos, les dijo: «Un reino donde hay luchas internas va a la ruina; y
una ciudad o una familia dividida no puede subsistir. Ahora bien, si Satanás
expulsa a Satanás, lucha contra sí mismo; entonces, ¿cómo podrá subsistir su
reino?... Pero si expulso a los demonios con el poder del Espíritu de Dios,
quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes».” (Mt 12, 25-28).
4. Otras acciones divinas del Hijo de Dios.
–
Jesús conoce los pensamientos ocultos de los hombres. Varias veces se lee en los Evangelios que
Jesús conoce lo que hay en el corazón de sus interlocutores.[9]
Pero en el Antiguo Testamento, vemos que sólo Dios conoce lo que hay en el
corazón del hombre: “Señor, tú me sondeas y me conoces, tú sabes si me
siento o me levanto; de lejos percibes lo que pienso...” (Sal 139, 1-2); “¡El
Señor conoce los pensamientos de los hombres y sabe muy bien que son vanos!”
(Sal 94,11
– Jesús elige personas y las envía en
misión. Nosotros leemos
en los Evangelios, que Jesús elige discípulos y los envía en misión.[10]
Pero en el Antiguo Testamento, sólo Dios elige y envía a los profetas (Jer 1,
4-10; Am 7,15, etc.).
– Jesús domina las fuerzas de la naturaleza. Al ver que la tempestad se calma ante la
orden de Jesús, los discípulos se preguntan asombrados: “¿Quién es este, que
hasta el viento y el mar le obedecen?” (Mt 8,27). Si nos remitimos al
Antiguo Testamento encontramos la respuesta: “En la angustia invocaron al
Señor, y él los libró de sus tribulaciones: cambió el huracán en una brisa
suave y se aplacaron las olas del mar; entonces se alegraron de aquella calma,
y el Señor los condujo al puerto deseado.” (Sal 107, 28-30; y ver 65,8). ). Y, en una
página central del Antiguo Testamento –cuando los israelitas salen de Egipto,
cruzando el Mar Rojo– el texto nos dice que “el
Señor hizo retroceder el mar con un fuerte viento del este, que sopló toda la
noche y transformó el mar en tierra seca” (Ex 14, 21). Así que el Antiguo
Testamento responde muy claramente la pregunta que se hacían los discípulos de
Jesús.
En conclusión, vemos que las palabras que
Jesús pronuncia y las obras que realiza, lo manifiestan y confirman como una Persona
Divina que está presente en el mundo, y que es una Persona distinta del Padre
celestial.
Sin embargo, aún no hemos considerado el
hecho más impresionante: la Resurrección de Jesús. A este hecho dedicaremos la
próxima meditación.
4. ¡Jesús resucitó!
1. El hecho.
“¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se
ha aparecido a Simón!”
(Lc 24,34). Así, con un grito de admiración y de alegría, se fue difundiendo la
noticia –la Buena Noticia– en aquel domingo inolvidable que cambió el curso y
el sentido de la historia. El dolor y la muerte ya no tienen la última palabra.
La entrega total que Jesús hizo de sí mismo al Padre y a nosotros, sus
hermanos, fue asumida amorosamente por Dios, haciéndola resurgir en un
estallido de luz y de vida: “A este Jesús Dios lo resucitó, de lo cual todos
nosotros somos testigos” (Hch 2,32).
La
Resurrección de Jesús manifiesta definitivamente la identidad divina del Hijo.
Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “La verdad de la
divinidad de Jesús es confirmada por su Resurrección. Él había dicho: "Cuando
hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy" (Jn
8,28). La Resurrección del Crucificado demostró que verdaderamente, él era
"Yo Soy", el Hijo de Dios y Dios mismo.” (CCE 653).
De ninguna otra persona de la historia se
ha afirmado que haya resucitado de entre los muertos. Y la historia muestra
hechos maravillosos, cuya única explicación
razonable es la Resurrección de Jesús. Es cierto que la Resurrección, en su
esencia íntima, es un misterio que trasciende la historia. Pero, también es
cierto que los efectos de la Resurrección de Jesús son comprobables
históricamente.
2. Los efectos históricos nos generan grandes
interrogantes.
1. En este sentido podemos preguntarnos:
¿Qué les pasó a los discípulos de Jesús? Pues, unas pocas semanas después de
que su Maestro fue ejecutado de la manera más cruel y humillante, salen de su
encierro y en treinta años cambian todo el mundo conocido hasta ese entonces.
Esos once hombres no tenían preparación intelectual, ni formación religiosa...
pero nos han legado el Nuevo Testamento: textos que son estudiados y meditados
por millones de personas –algunas de ellas, verdaderos genios– desde hace dos
milenios, y cuya sabiduría no deja de asombrarnos y enriquecernos.
Esos once hombres se mostraron cobardes
cuando su Maestro más los necesitaba... pero, unas pocas semanas después de
haberlo visto morir en la Cruz, comienzan a predicar con una valentía
repentina, sin temor alguno a la muerte, a tal punto que sólo el martirio los
detuvo.
Y no olvidemos que “martirio”, en griego,
significa “testimonio”: ellos derramaron su sangre y dieron su vida para
mantener en alto su testimonio: “A este Jesús Dios lo resucitó, de lo cual
todos nosotros somos testigos” (Hch 2,32). Y, a un testigo que da la vida
para sostener su testimonio, no se le puede pedir más: ha dado la máxima prueba
que es posible dar.
2. También podemos preguntarnos: ¿Qué le
sucedió a Saulo de Tarso? Saulo, un fariseo inteligente y apasionado por su
religión, sale de Jerusalén a perseguir cristianos más allá de las fronteras...[11]
y vuelve convertido en el más aguerrido apóstol de ese Cristianismo que quería
destruir: se transforma en San Pablo.
3. Un tercer interrogante podría ser:
¿Por qué subsistió y se desarrolló el Cristianismo? Los cristianos surgen en un
ambiente completamente adverso, y con unas pretensiones increíbles. En cuanto
al ambiente religioso, los cristianos surgen en medio de una religión
ancestral, que había conservado celosamente sus tradiciones por más de mil
años; en ese contexto, los cristianos tienen la pretensión de cambiar las
creencias, los ritos, las normas morales, las oraciones y la estructura de
gobierno de esa religión. En cuanto al ambiente político, el gobierno imperial
mira a los cristianos con desconfianza, y pronto comienza a perseguirlos y
martirizarlos. Lo increíble es que –ante este entorno tan hostil– los cristianos no sólo no desaparecen, sino
que subsisten y se expanden de un modo arrollador, difundiendo su religión a
los cuatro vientos.
3. La respuesta de los documentos cristianos es la
mejor respuesta.
1. La respuesta a estos interrogantes que
nos da el Nuevo Testamento es: “A este Jesús Dios lo resucitó, de lo cual
todos nosotros somos testigos” (Hch 2,32). La sabiduría que adquieren
súbitamente los discípulos de Jesús, surge porque el mismo Jesús Resucitado “les
abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras” (Lc
24,45). La valentía indomable que muestran los apóstoles ante la muerte surge
porque Jesús, al resucitar, logró “liberar de este modo a todos los que
vivían completamente esclavizados por el temor de la muerte” (Hb 2,15). Y
la perseverancia en su testimonio hasta dar la vida se mantiene porque, como
ellos mismos nos dicen: “Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y
oído” (Hch 4,20).
2. Y, la conversión de Saulo de Tarso se
produce porque“mientras iba caminando, al acercarse a Damasco, una luz que
venía del cielo lo envolvió de improviso con su resplandor. Y cayendo en
tierra, oyó una voz que le decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». Él
preguntó: « ¿Quién eres tú Señor?». «Yo soy Jesús, a quien tú persigues, le
respondió la voz. Ahora levántate, y entra en la ciudad: allí te dirán qué
debes hacer».” (Hch 9, 3-6).
3. Finalmente, la expansión del
Cristianismo se explica por la realidad de la Resurrección:
“Pasado el sábado, al
amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a
visitar el sepulcro. De pronto, se produjo un gran temblor de tierra: el Ángel
del Señor bajó del cielo, hizo rodar la piedra del sepulcro y se sentó sobre
ella... El Ángel dijo a las mujeres: «No teman, yo sé que ustedes buscan a
Jesús, el Crucificado. No está aquí, porque ha resucitado como lo había
dicho...».
De pronto, Jesús salió a
su encuentro y las saludó, diciendo: «Alégrense». Ellas se acercaron y,
abrazándole los pies, se postraron delante de él. Y Jesús les dijo: «No teman;
avisen a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán».
Los once discípulos
fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado... Acercándose, Jesús
les dijo: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan
que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre
y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he
mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo».” (Mt 28, 1-20).
“Después de su
Pasión, Jesús se manifestó a ellos dándoles numerosas pruebas de que vivía, y
durante cuarenta días se le apareció y les habló del Reino de Dios. En una ocasión, mientras estaba comiendo
con ellos, les recomendó que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa
del Padre: «La promesa, les dijo, que yo les he anunciado. Porque Juan bautizó
con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos
días... Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes,
y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los
confines de la tierra».” (Hch 1, 3-8).
En conclusión: un historiador no creyente
podrá decirnos que él no puede compartir nuestra explicación de que la causa de
los efectos maravillosos que sucedieron después de la crucifixión de Jesús, es
que Jesús resucitó. Pero lo que ese historiador no creyente nunca nos podrá
decir es que nuestra explicación no es la mejor explicación.[12]
Pues, a unos efectos extraordinarios debemos adjudicarle –razonablemente– una causa
extraordinaria. Por eso, la Resurrección
de Jesús –a la luz de los innegables y extraordinarios efectos históricos
que produce– aparece, no como una hipótesis, sino como un hecho.
La comunidad cristiana naciente
–comunidad llena de fe, de alegría y de amor– está colmada de estos dones,
porque está bañada por la luz de la Resurrección. Esta misma comunidad cristiana
compuso un himno al Hijo de Dios, muy pocos años después de su Pasión y
Resurrección. Y este himno canta el misterio del Hijo de Dios en toda su
amplitud: su eterna existencia divina junto al Padre –en “igualdad con Dios–,
su encarnación en la historia, su muerte de Cruz y su exaltación gloriosa a la
derecha del Padre. San Pablo asumió este himno compuesto por la comunidad
cristiana naciente y lo incluyó en su Carta a los Filipenses (2, 5-11). Dice
así:
“Tengan las mismas actitudes de Cristo
Jesús:
Él, que era de condición divina,
no consideró esta igualdad con Dios
como algo que debía guardar celosamente:
al contrario, se anonadó a sí mismo,
tomando la condición de servidor
y haciéndose semejante a los hombres.
Y presentándose con aspecto humano,
se humilló hasta aceptar por obediencia
la muerte
y muerte de cruz.
Por eso, Dios lo exaltó
y le dio el Nombre que está sobre todo
nombre,
para que al nombre de Jesús,
se doble toda rodilla
en el cielo, en la tierra y en los
abismos,
y toda lengua proclame para gloria de
Dios Padre:
«Jesucristo es el Señor».”
Las últimas palabras de este himno,
aluden a Is 45, 23, donde el mismo Yahveh proclama: “Lo he jurado por mí mismo, de mi boca ha salido la justicia, una
palabra irrevocable: Ante mí se doblará toda rodilla, toda lengua jurará por
mí”. Es muy notable que este antiquísimo himno cristiano (que Pablo no
compone, sino que lo toma de liturgia cristiana, y lo retoca levemente) aplique
a Jesús unas palabras que el “Segundo Isaías” aplicaba a Yahveh en un himno
“furiosamente monoteísta”.
Y, como la adoración hecha a Jesús –como
dice el final de nuestro himno– es “para
gloria de Dios Padre”, entonces tenemos que un himno monoteísta del
Antiguo Testamento, ahora –en el Nuevo Testamento– se despliega hacia un
monoteísmo trinitario.
5. El Espíritu Santo: la Tercera Persona Divina.
1. El Espíritu Santo es el “alma” de la comunidad
cristiana.
La naciente comunidad cristiana tiene
unas características fascinantes e impresionantes:
“Todos se reunían asiduamente
para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en
la fracción del pan y en las oraciones. Un santo temor se apoderó de todos
ellos, porque los Apóstoles realizaban muchos prodigios y signos. Todos los
creyentes se mantenían unidos y ponían lo suyo en común: vendían sus
propiedades y sus bienes, y distribuían el dinero entre ellos, según las
necesidades de cada uno. Íntimamente unidos, frecuentaban a diario el Templo,
partían el pan en sus casas, y comían juntos con alegría y sencillez de
corazón; ellos alababan a Dios y eran queridos por todo el pueblo. Y cada día,
el Señor acrecentaba la comunidad con aquellos que debían salvarse.” (Hch 2, 42-47).
¿Cómo lograron aquellos débiles
discípulos de Jesús constituirse en tan magnífica comunidad? Antes de la
Crucifixión de Jesús los encontramos
torpes y mezquinos: Jesús mismo les reprocha que tienen “la mente
enceguecida” (Mc 8,17); ellos huyen de la perspectiva del sufrimiento (ver
Mc 8, 31-33); discuten acerca de quién es el más importante entre ellos (ver Mc
9, 33-36); e, incluso, en los umbrales de la Semana Santa, se muestran
ambiciosos de los puestos de poder, y se pelean entre sí por esta causa (ver Mc
10, 35-45). Ya sabemos que Judas, uno de los Doce, traicionó a Jesús (ver Mc
14, 43-46), que Pedro le negó tres veces (ver Mc 14, 66-72) y que “todos lo
abandonaron y huyeron” (Mc 14,50). En cambio, después de la Pasión de
Jesús, encontramos una comunidad cristiana lúcida, fraterna y generosa. ¿Qué
pasó en medio de estas dos situaciones tan distintas?
La
explicación de semejante cambio la vimos, en parte, en la meditación anterior.
Ahora, veremos “la otra parte” de la explicación. Pues Jesús mismo, en sus
discursos de despedida durante la Última Cena, les había dicho a sus discípulos:
“Les digo la verdad: les
conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a ustedes.
Pero si me voy, se lo enviaré.” (Jn 16, 7).
Y el mismo Jesús, ya
resucitado, “les recomendó que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa
del Padre: «La promesa, les dijo, que yo les he anunciado... ustedes serán
bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días... Recibirán la fuerza
del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en
Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra».”
(Hch 1, 4-8).
2. El Espíritu Santo es la Tercera Persona Divina.
Cuando Jesús deja de estar físicamente
entre nosotros, nos envía al Espíritu Santo. En los discursos de la Última Cena
que ya mencionamos, Jesús nos expone las actividades que desarrollará el
Espíritu Santo después que Él –el Hijo– vuelva junto al Padre:
1. Estará presente: “...Yo rogaré al
Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes:
el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni
lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes.” (Jn
14, 16-17).
2 y 3. Enseñará y recordará: “...el
Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les
enseñará todo y les recordará lo que les he dicho.” (Jn 14,26).
4. Dará testimonio: “Cuando venga el
Paráclito que yo les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad que
proviene del Padre, él dará
testimonio de mí.” (Jn 15,26).
5. Presentará pruebas: “...Les digo la
verdad: les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no
vendrá a ustedes. Pero si me voy, se lo enviaré. Y cuando él venga, probará al mundo dónde
está el pecado, dónde está la justicia y cuál es el juicio...” (Jn 16,
7-8).
6 y 7. Nos conducirá a la Verdad y
glorificará al Hijo: “Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes
no las pueden comprender ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad,
porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo
que irá sucediendo. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo
anunciará a ustedes. Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo:
«Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes».” (Jn 16, 12-15).
Estas siete actividades que
realizará el Paráclito continúan las actividades que el Hijo realizaba mientras
estaba físicamente con nosotros: Jesús estaba con nosotros y nos acompañaba
(ver Jn 1,14), nos enseñaba (ver 7,14), daba testimonio (ver 18,37), probaba su
origen divino con “los signos que
realizaba” (ver 2,23), nos conducía (ver 10, 2-4.16) y glorificaba al Padre
(ver 17,4). Ahora que el Hijo vuelve al Padre, el Espíritu Santo Paráclito
continúa la acción del Hijo en la historia. Y, si el Paráclito hace todo lo
que el Hijo hacía –incluso enseñar y dar testimonio–, es Persona Divina
tanto como el Hijo.[13]
Por otra parte, el mismo título de
Paráclito es indicativo de la identidad de la Tercera Persona Divina. Pues
Paráclito significa literalmente “el que es llamado para estar al lado (de
uno)”. Y tiene fundamentalmente dos sentidos: el de “abogado defensor” que es
“llamado para estar al lado” de uno, cuando se necesita asistencia legal; y, sobre todo, el de “amigo”, que es aquel a quien “llamamos a nuestro lado” cuando
necesitamos ayuda, consejo o consuelo. De este modo, la Tercera Persona Divina
se manifiesta como Dios Amigo.[14]
Y así contemplamos que la Trinidad nos
ama con tres formas de amor: Dios Padre, con amor paterno; Dios Hijo, nuestro
Hermano, con amor fraterno; y Dios Espíritu Santo, con amor de amistad. El
Espíritu Santo es Dios Amigo, que nos acompaña en el camino de la vida, nos
aconseja con su Sabiduría Divina y nos fortalece en las dificultades.
* * *
Si volvemos al libro de “Los Hechos de
los Apóstoles” vemos lo mismo que vimos con Juan: después de la Ascensión de
Jesús, el Espíritu Santo es el conductor de la misión de la Iglesia:
1. “El Espíritu Santo
dijo a Felipe: «Acércate y camina junto a su carro».” (Hch 8,29). Y el
etíope que iba en el carro será el primer bautizado que no es de raza judía: el
Espíritu Santo comienza a abrir la Iglesia a los paganos. Notemos, además, que
el Espíritu Santo no sólo habla –por lo tanto, es persona– sino que dirige y
ordena la misión... como Jesús lo hacía mientras estaba físicamente entre
nosotros (ver Lc 9, 1-6; 10, 1-16). Por tanto, es Persona Divina, como lo es el
Hijo.
2. “...el Espíritu
Santo le dijo [a Pedro]: «Allí hay tres hombres que te buscan. Baja
y no dudes en irte con ellos, porque soy yo quien los he enviado».”
(Hch 10, 19-20). El Espíritu sigue abriendo la puerta a los paganos, y ordena a
Pedro ir a casa del centurión Cornelio. El etíope del texto anterior no era de
raza judía, pero era un “prosélito”, es decir, practicaba la Ley de Moisés. En
cambio, Cornelio ni siquiera realiza esto. Por eso, Pedro tiene sus dudas en
bautizarlo. Y, cuando Pedro alarga su discurso –y no actúa–, el Espíritu Santo
toma la iniciativa y hace dar a la Iglesia el gran paso: “Mientras Pedro
todavía estaba hablando, el Espíritu Santo descendió sobre todos los que
escuchaban la Palabra. Los fieles de origen judío que habían venido con Pedro
quedaron maravillados al ver que el Espíritu Santo era derramado también sobre
los paganos. En efecto, los oían hablar diversas lenguas y proclamar la
grandeza de Dios. Pedro dijo: « ¿Acaso se puede negar el agua del bautismo a
los que ya recibieron el Espíritu Santo como nosotros?».” (Hch 10, 44-47).
3. “En la Iglesia de
Antioquía había profetas y doctores... Un día, mientras celebraban el culto del
Señor y ayunaban, el Espíritu Santo les dijo: «Resérvenme a Bernabé y a
Saulo para la obra a la cual los he llamado». Ellos, después de haber
ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron. Bernabé y Saulo, enviados
por el Espíritu Santo, fueron a Seleucia y de allí se embarcaron para
Chipre.” (Hch 13, 1-4). Ya habíamos visto –cuando meditamos sobre las obras
de Jesús– que elegir personas y enviarlas en misión, es una potestad divina. Y
ahora podemos tener una perspectiva completa: en el Antiguo Testamento es Dios
quien llama y envía a los profetas; en los Evangelios, el Hijo es quien llama y
envía a los Apóstoles y discípulos; y, una vez que Jesús asciende al cielo, es
el Espíritu Santo quien llama y envía. En este caso, también es el Espíritu
Santo quien impulsa a la Iglesia en un paso de máxima importancia,
pues con este llamado a Bernabé y Saulo – a quien luego conoceremos como San
Pablo– comienzan los viajes misioneros, que llevarán la Buena Noticia más allá de Palestina.
4. “Como el Espíritu
Santo les había impedido anunciar la Palabra en la provincia de Asia,
atravesaron Frigia y la región de Galacia. Cuando llegaron a los límites de
Misia, trataron de entrar en Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo
permitió. Pasaron entonces por Misia y descendieron a Tróade. Durante la
noche, Pablo tuvo una visión. Vio a un macedonio de pie, que le rogaba: «Ven
hasta Macedonia y ayúdanos». Apenas tuvo esa visión, tratamos de partir para
Macedonia, convencidos de que Dios nos llamaba para que la evangelizáramos.”
(Hch 16, 6-10). Estamos en medio del segundo viaje de San Pablo. Y Pablo y los
suyos están difundiendo el Cristianismo por el continente asiático. Pero el
Espíritu Santo tiene otras ideas: les impide ir hacia al sur, y tampoco
les permite desviarse hacia el norte: sólo les queda avanzar hacia el
oeste. Y, de este modo, el Espíritu Santo los dirige al puerto de Tróade,
que es el puerto asiático que está frente a Europa. Desde allí, por medio de
una visión, el Espíritu Santo les hace dar otro gran paso: el Cristianismo
cruza el mar y llega a un nuevo continente.[15]
En resumen, vemos que el libro de “Los
Hechos de los Apóstoles” nos muestra lo mismo que nos anunciaba Jesús en los
discursos de despedida del Evangelio según san Juan: después que el Hijo deja
de estar físicamente entre nosotros, el Espíritu Santo es quien continúa con
las actividades que el Hijo realizaba. Después de la Ascensión de Jesús, el
Espíritu Santo es quien está presente en la comunidad cristiana, quien toma las
decisiones de llamar y enviar misioneros, y quien despliega las etapas
sucesivas de la misión cristiana. Incluso, cuando los dirigentes humanos dudan
–como Pedro en casa de Cornelio– o se equivocan en sus intenciones –como Pablo,
al querer quedarse en Asia–, el Espíritu Santo interviene, clarificando y
rectificando las situaciones.[16]
Los Apóstoles, por su parte, son
conscientes de esta presencia del Espíritu Santo. Y saben que – ahora que Jesús
ascendió– el Espíritu Santo es quien preside a la Iglesia. Por eso, el primer
documento escrito que emiten las autoridades cristianas dice: “El Espíritu Santo y nosotros, hemos
decidido...” (Hch 15,28). Los Apóstoles se expresan así porque saben que,
en comparación con el Espíritu Santo, su papel es secundario y temporal: es el
Espíritu quien seguirá siempre presente en la Iglesia, llevando el Cristianismo
hasta los confines de la tierra.
Cinco
meditaciones sobre la Trinidad en el Nuevo Testamento;
del libro de: J.
Fazzari, Meditaciones sobre la Trinidad, Buenos Aires, 2010; pp. 15–50.
[1] Jer 3, 4.19; Mal 2, 10; Is 63, 16;
64, 7; Tob 13, 4; Sab 14, 3; Eclo 23, 1.4.
[2] La palabra “alabo” que está al principio de esta oración de
Jesús, traduce pobremente una palabra griega muy rica (exhomologo, que tiene tres partes: ex-homo-logo), que implica de
parte de Jesús un aceptar y confirmar
(homologo) con una intensidad muy grande (cercana al éx-tasis), la obra que el
Padre realiza, y que Jesús contempla lleno de admiración y alegría.
[3] Muchas veces –aquí anoto siete– Jesús nos enseña a no tener
miedo: Lc 5,10; 8,50; 12,32; Mt 8,26; 10,26; 14,31; 17,7.
[4] Von Speyr, Adrienne, Mistica Oggetiva, en una antología
preparada por B. Albrecht, Milano, 1975; y citada por González, Marcelo, La
Trinidad, un nuevo nombre para Dios, Buenos Aires, 1999; p 162.
[5] “El uso del «yo
enfático »” por parte de Jesús “es un testimonio muy característico” “de la
singularísima autoridad y poder” que Jesús manifestaba tener y que “rompía las
barreras del Antiguo Testamento y del Judaísmo”: Pié-Ninot, Salvador, La Teología
fundamental, Salamanca, 2001; pp. 385s.
[6] Ver Mt 5, 17-48.
[8] En cuanto a “palabras divinas” que se le dirigen a Jesús, podemos
mencionar que la expresión “Señor, ten piedad” se usa en el Antiguo Testamento
sólo dirigida a Yahveh, y en el
Evangelio según San Mateo sólo dirigida a Jesús (9,27-28; 15,22; 17,15;
20,30-31): ver Caba, José, El Jesús de los Evangelios, Madrid,
1977; p. 46. A su vez, San Pablo aplica a Jesús citas del Antiguo Testamento
que hablan de Yahveh (por ejemplo, en Rom 10, 11.13; Flp 2, 10-11). Por su
parte, el título “Hijo” aplicado a Jesús en el Evangelio según san Juan indica
una “igualdad con Dios” (5,18); y el final de su Evangelio marca un punto
cumbre, representado por la confesión de fe de Tomás –“Señor mío y Dios mío” (Jn 20,28)– que evoca los dos nombres de
Dios del Antiguo Testamento: “Yahveh mío y
Elohim mío”. Y podríamos seguir
citando textos...
[9] Ver Mt 9,4; 12,25; Lc 6,8; 9,47; Jn 2,24.
[10] Ver Mc 1, 16-20; 3, 13-19; 6, 7-13; etc.
[11] Ver Hch 9, 1-2.
[12] Ver Pié-Ninot, Salvador, La teología fundamental, Salamanca,
2001; pp.334-335.
[14] Además, el sustantivo griego “Paraklétos”
“no es neutro” lo cual “hace posible” aplicarle “una serie de pronombres personales”. (Brown, Raymond, Las
Iglesias que los Apóstoles nos dejaron, Bilbao, 19862; p. 105).
Un dato más –esta vez, desde la concreta gramática– que vuelve a indicar que el
Espíritu es Persona.
[15] Otros lugares en donde se
dice que el Espíritu Santo habla: Hb 3,7; 1 Pe 1, 11s; 2 Pe 1, 21; 1 Tm 4,1, Ap
2, 7.
[16] Ver Brown, Raymond, Las Iglesias que los Apóstoles nos dejaron,
Bilbao, 19862; Capítulos 4 y 7.
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